| 15/02/2006
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En nuestro país, la experiencia hiperinflacionaria puso de manifiesto los costos del manejo monetario irrestricto y convirtió a la estabilización de precios en una prioridad. Ello justificó la adopción del Plan de Convertibilidad en abril de 1991, que no sólo exigía la solvencia fiscal intertemporal para mantener el tipo de cambio fijo, sino que también restringía la posibilidad de aplicar una política monetaria activa. Las reformas estructurales y el plan de estabilización provocaron una fuerte reactivación de la inversión y el consumo, que se vieron impulsados por la expansión del crédito ante la caída de la inflación. El crecimiento económico en los primeros años fue grande, pero a fines de 1994 la devaluación en México generó efectos contagio que sirvieron de advertencia sobre fallas del esquema de convertibilidad. También otras crisis externas (del Sudeste Asiático, de Rusia, de Brasil) dejaron al descubierto la vulnerabilidad de la economía argentina a los flujos de capitales extranjeros e incluso a las variaciones exógenas de precios relativos (en especial, el deterioro de los términos de intercambio y la fortaleza del dólar). Con el fin de explicar por qué el nuevo rumbo tomado no evitó la explosión de deuda pública que finalizó en la suspensión de su pago nos enfocaremos en dos aspectos fundamentales de la política económica de los ‘90: el déficit fiscal y el atraso cambiario.
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