Educación y Empleo: algunas reflexiones

Semanario
Economía, Gobierno & Sociedad
Número 372 - 25/07/2010
Por Lic. Susana N. Ríos y Lic. Cecilia Reboyras (*)
Tema de Fondo

 

Actualmente existe un claro reconocimiento del rol que cumple la educación en el proceso de desarrollo de un país. La generación de competencias y  capacidades para este proceso depende del sistema educativo. Es así como el fortalecimiento de los sistemas educativos, en relación a la calidad de sus resultados, la pertinencia con respecto a los requerimientos del entorno y la equidad en su entrega, constituyen parte importante del proceso de desarrollo.
Las reflexiones que a continuación se relatan, están ligadas al tema de la formación en competencias, ya que éstas son  un componente que acompaña los procesos de instrucción al interior de las aulas escolares, dado que en forma teórica y declarativa aparece constantemente. Los estudios realizados en referencia a los procesos de apropiación que hacen los jóvenes de estas enseñanza en el transcurso de sus historias escolares, pueden dar cuenta si la formación en competencias que traen los jóvenes cuando ingresan a estudios superiores o insertarse en el mercado laboral, están incorporadas y son una herramienta útil para sus desempeños presentes y futuros en un mundo que asiste a profundos y rápidos cambios.
El debate tanto sobre la escuela como sobre la formación fuera de ella está hoy dominado, fundamentalmente, por  su relación con el mundo del empleo. Y no lo está simplemente porque así lo hayan querido los poderes públicos, ni porque se hayan inclinado hacia esa moda los expertos; aunque hay algo de todo eso, se debe principalmente a que esa relación es la que más preocupa a los beneficiarios, o a quienes los representan, sus padres, la que orienta sus estrategias y decisiones personales al respecto y la que está en el centro de sus juicios sobre las instituciones educativas.
Sabido es el impacto fundamental que tienen los diseños de políticas, entre ellas las educativas, sobre los jóvenes. Vemos y participamos de un mundo que cambia a pasos agigantados, producto del veloz y generalizado cambio científico-tecnológico, y en este escenario la educación no puede seguir repitiendo las fórmulas del pasado. La reforma del sistema de producción y difusión del conocimiento es un instrumento crucial para enfrentar tanto el desafío en el plano interno, que es la ciudadanía, como el desafío en el plano externo, que es la competitividad.
Un sistema equitativo en educación puede definirse como aquel que resulte igualador de las oportunidades de aprender y que contribuya con sus resultados a igualar las oportunidades de las personas en las competencias por otros logros, sean económicos, sociales, políticos y/o culturales, inhibiendo los mecanismos que producen y reproducen la desigualdad de posibilidades en dichos ámbitos.
En lo que refiere a la traumática articulación entre educación y trabajo, el acelerado proceso de industrialización que se desarrolló en los principales Estados europeos del siglo XIX exigió nexos crecientes entre las estructuras formativas y el mundo del trabajo. La complejidad y diversidad de las demandas encontraron finalmente respuestas en el sistema educativo, que diseñó los institutos politécnicos como ramas separadas de los estudios universitarios, y en las escuelas técnicas superiores, orientadas a formar ingenieros subalternos y capataces. La formación profesional que habilitaba para el desempeño de los oficios fue tarea excluyente de las empresas hasta la segunda mitad del siglo XIX y contribuyó en gran medida a derribar el mito de la naturaleza conflictual de la interacción entre lo económico y lo educativo, el trabajo y la escuela.
Consecuentemente, la demanda de interacción entre educación y trabajo asume formas más precisas durante la primera mitad del siglo XX, y la iniciativa procede del campo pedagógico. Sin duda, las condiciones estaban dadas mucho antes en el marco histórico-social, pero persistían incomprensiones y resistencias que venían del pasado: una estrecha visión del concepto de educación, que sólo exaltaba su clásico carácter intelectualista, y una actitud apartadiza de la escuela ante la sociedad por un lado, y por el otro, un importante desarrollo industrial y técnico, ciego todavía a la percepción del rol llamado a ejercer por la educación y sus instituciones formativas en el crecimiento previsible de ese desarrollo mediante una acción concertada e inteligente.  El propósito de incorporar el trabajo a las actividades escolares, que fue un afán que estuvo en la mente de los grandes reformadores modernos de la educación, asumió un carácter más definido en la segunda mitad del siglo XX, cuando hizo su aparición, en la década del 60, la recesión mundial, y con ella el desempleo, fenómeno que afectó tanto a los países en vías de desarrollo como a los altamente industrializados.
A partir de ese hecho, se acentuó la tendencia a dar una finalidad y un contenido distinto a la relación entre educación y trabajo, aproximando la tarea específica de la escuela a los factores de la producción. Los reclamos de las consiguientes reformas pedagógicas dan cuenta de ello, no obstante la falta de claridad última sobre los problemas planteados, es decir, sobre lo que es la educación cuando se la asocia a la producción, o sobre el carácter productivo de la educación.

El Desempleo Juvenil y la Educación

El desempleo alcanza en el mundo actual magnitudes inquietantes entre los jóvenes, tanto en los países industrializados como en los en desarrollo. Fenómeno complejo, de naturaleza esencialmente económica y social, los enfoques de los especialistas lo refieren invariablemente al tipo y calidad de la enseñanza que aquellos recibieron  donde se formaron. En esto coinciden, en parte, con la sociedad y con los jóvenes, que cuestionan los contenidos y los objetivos de la educación escolarizada y cuestionan el trabajo, en cuanto a las condiciones de ingreso que imponen las empresas que lo proporcionan, y la particular situación vital en que se encuentran en el medio laboral. Algunos estudiosos de estos temas analizan la relación entre los niveles de empleo y los de educación para el caso Argentino, y nos dicen,  por ejemplo, que las tasas de desocupación según el nivel de educación formal adquirido, son muy similares - salvo aquellos que tienen nivel universitario completo, que tienen tasas significativamente más bajas.
A medida que el nivel educativo aumentó, el empleo ha crecido más. Esto se explica porque el desempleo tiene en cuenta el empleo, pero también la cantidad de gente por nivel educativo que hay en el conjunto de la sociedad y la sociedad viene creciendo en su nivel educativo medio. Si bien aumentó el empleo de los más educados también aumenta la cantidad de gente más educada que existe en la sociedad.
El desempleo juvenil es uno de los dramas de nuestro tiempo. Últimamente ha merecido valiosos estudios que han reconocido su gravedad y trascendencia social. La importancia especial de estos estudios radica en su directa relación con las acusaciones que se hacen a la enseñanza de estar cerrada a la vida y al trabajo, y por tanto no preparar a los jóvenes para su inserción oportuna y suficiente en la producción.  La noción de que el trabajo es un deber se desvanece en el espíritu de las nuevas generaciones, ante la comprobación de que los principios dominantes en las economías desarrolladas separan el consumo y el trabajo, privilegiando al primero y despojando al segundo de toda dimensión superior.
Los cambios en la organización del trabajo; en la incorporación de las tecnologías, etc. han contribuido para que el foco de atención se desplace desde el concepto de calificaciones hacia el de competencias, éstas requieren poner en juego un conjunto de saberes que permitan resolver distintas situaciones. El concepto de competencias se sitúa a mitad de camino entre los saberes y las habilidades concretas; la competencia es inseparable de la acción, pero exige a la vez conocimiento. Se pueden distinguir dos niveles de competencias: a) las competencias de empleabilidad, o sea aquellas competencias necesarias para obtener un trabajo de calidad y para poder reciclarse siguiendo los cambios; b) las otras están relacionadas al uso de los recursos (tales como trabajo, dinero, tiempo, materiales y equipos) para lograr objetivos; las competencias interpersonales (trabajo en grupo, enseñar y aprender, liderar, negociar, atender clientes, manejar la diversidad cultural); competencias de comunicación (identificar, adquirir y evaluar información, comunicarla a otros); competencias sistémicas (aproximarse a la realidad en su complejidad de relaciones y no como un conjunto de hechos aislados); competencias tecnológicas (conocimientos y uso de distintas tecnologías).

Por ello, el esfuerzo principal de la educación secundaria debe estar en el desarrollo de los conocimientos y habilidades básicos, en ofrecerles las competencias necesarias que los capacite para enfrentarse a nuevos problemas y solucionarlos, en considerar que lo más importante no es almacenar conocimientos, sino saber cómo se amplían y se utilizan y saber que tipo de información es necesaria, dónde encontrarla y como usarla. En definitiva, la educación debe afrontar la heterogeneidad de los escenarios económicos-sociales en los cuales se pondrán en juego las competencias adquiridas.
La interacción entre la educación y el trabajo productivo es un signo y una necesidad de la época actual y tiene que ser asumido por ella, porque el trabajo es la condición misma de la existencia humana y su posibilidad concreta, pero la relación tiene que ser examinada y establecida sin desnaturalizar la posición propia de los respectivos conceptos, involucrando en un debate profundo a todos los sectores implicados e interesados en uno de los pilares sustanciales de un país.

 
(*) Coordinadora General de Fundación EGE y Miembro de Fundación EGE - Área Actividad Económica, respectivamente
 
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