Actualmente existe un claro reconocimiento del rol que
cumple la educación en el proceso
de desarrollo de un país. La generación de competencias y capacidades para este
proceso depende del sistema educativo. Es así como el fortalecimiento de los sistemas educativos,
en relación a la calidad de sus resultados, la pertinencia con respecto a los requerimientos
del entorno y la equidad en su entrega, constituyen parte importante del proceso de desarrollo.
Las reflexiones que a continuación se relatan, están ligadas al tema de la formación
en competencias, ya que éstas son un componente que acompaña los procesos de
instrucción al interior de las aulas escolares, dado que en forma teórica y declarativa
aparece constantemente. Los estudios realizados en referencia a los procesos de apropiación
que hacen los jóvenes de estas enseñanza en el transcurso de sus historias escolares,
pueden dar cuenta si la formación en competencias que traen los jóvenes cuando ingresan
a estudios superiores o insertarse en el mercado laboral, están incorporadas y son una herramienta útil
para sus desempeños presentes y futuros en un mundo que asiste a profundos y rápidos
cambios.
El debate tanto sobre la escuela como sobre la formación fuera de ella está hoy dominado,
fundamentalmente, por su relación con el mundo del empleo. Y no lo está simplemente
porque así lo hayan querido los poderes públicos, ni porque se hayan inclinado hacia
esa moda los expertos; aunque hay algo de todo eso, se debe principalmente a que esa relación
es la que más preocupa a los beneficiarios, o a quienes los representan, sus padres, la que
orienta sus estrategias y decisiones personales al respecto y la que está en el centro de
sus juicios sobre las instituciones educativas.
Sabido es el impacto fundamental que tienen los diseños de políticas, entre ellas las
educativas, sobre los jóvenes. Vemos y participamos de un mundo que cambia a pasos agigantados,
producto del veloz y generalizado cambio científico-tecnológico, y en este escenario
la educación no puede seguir repitiendo las fórmulas del pasado. La reforma del sistema
de producción y difusión del conocimiento es un instrumento crucial para enfrentar
tanto el desafío en el plano interno, que es la ciudadanía, como el desafío
en el plano externo, que es la competitividad.
Un sistema equitativo en educación puede definirse como aquel que resulte igualador de las
oportunidades de aprender y que contribuya con sus resultados a igualar las oportunidades de las
personas en las competencias por otros logros, sean económicos, sociales, políticos
y/o culturales, inhibiendo los mecanismos que producen y reproducen la desigualdad de posibilidades
en dichos ámbitos.
En lo que refiere a la traumática articulación entre educación y trabajo, el
acelerado proceso de industrialización que se desarrolló en los principales Estados
europeos del siglo XIX exigió nexos crecientes entre las estructuras formativas y el mundo
del trabajo. La complejidad y diversidad de las demandas encontraron finalmente respuestas en el
sistema educativo, que diseñó los institutos politécnicos como ramas separadas
de los estudios universitarios, y en las escuelas técnicas superiores, orientadas a formar
ingenieros subalternos y capataces. La formación profesional que habilitaba para el desempeño
de los oficios fue tarea excluyente de las empresas hasta la segunda mitad del siglo XIX y contribuyó en
gran medida a derribar el mito de la naturaleza conflictual de la interacción entre lo económico
y lo educativo, el trabajo y la escuela.
Consecuentemente, la demanda de interacción entre educación y trabajo asume formas
más precisas durante la primera mitad del siglo XX, y la iniciativa procede del campo pedagógico.
Sin duda, las condiciones estaban dadas mucho antes en el marco histórico-social, pero persistían
incomprensiones y resistencias que venían del pasado: una estrecha visión del concepto
de educación, que sólo exaltaba su clásico carácter intelectualista,
y una actitud apartadiza de la escuela ante la sociedad por un lado, y por el otro, un importante
desarrollo industrial y técnico, ciego todavía a la percepción del rol llamado
a ejercer por la educación y sus instituciones formativas en el crecimiento previsible de
ese desarrollo mediante una acción concertada e inteligente. El propósito de
incorporar el trabajo a las actividades escolares, que fue un afán que estuvo en la mente
de los grandes reformadores modernos de la educación, asumió un carácter más
definido en la segunda mitad del siglo XX, cuando hizo su aparición, en la década del
60, la recesión mundial, y con ella el desempleo, fenómeno que afectó tanto
a los países en vías de desarrollo como a los altamente industrializados.
A partir de ese hecho, se acentuó la tendencia a dar una finalidad y un contenido distinto
a la relación entre educación y trabajo, aproximando la tarea específica de
la escuela a los factores de la producción. Los reclamos de las consiguientes reformas pedagógicas
dan cuenta de ello, no obstante la falta de claridad última sobre los problemas planteados,
es decir, sobre lo que es la educación cuando se la asocia a la producción, o sobre
el carácter productivo de la educación.
El Desempleo Juvenil y la Educación
El desempleo alcanza en el mundo actual magnitudes inquietantes entre los jóvenes, tanto
en los países industrializados como en los en desarrollo. Fenómeno complejo, de naturaleza
esencialmente económica y social, los enfoques de los especialistas lo refieren invariablemente
al tipo y calidad de la enseñanza que aquellos recibieron donde se formaron. En esto
coinciden, en parte, con la sociedad y con los jóvenes, que cuestionan los contenidos y los
objetivos de la educación escolarizada y cuestionan el trabajo, en cuanto a las condiciones
de ingreso que imponen las empresas que lo proporcionan, y la particular situación vital en
que se encuentran en el medio laboral. Algunos estudiosos de estos temas analizan la relación
entre los niveles de empleo y los de educación para el caso Argentino, y nos dicen, por
ejemplo, que las tasas de desocupación según el nivel de educación formal adquirido,
son muy similares - salvo aquellos que tienen nivel universitario completo, que tienen tasas significativamente
más bajas.
A medida que el nivel educativo aumentó, el empleo ha crecido más. Esto se explica
porque el desempleo tiene en cuenta el empleo, pero también la cantidad de gente por nivel
educativo que hay en el conjunto de la sociedad y la sociedad viene creciendo en su nivel educativo
medio. Si bien aumentó el empleo de los más educados también aumenta la cantidad
de gente más educada que existe en la sociedad.
El desempleo juvenil es uno de los dramas de nuestro tiempo. Últimamente ha merecido valiosos
estudios que han reconocido su gravedad y trascendencia social. La importancia especial de estos
estudios radica en su directa relación con las acusaciones que se hacen a la enseñanza
de estar cerrada a la vida y al trabajo, y por tanto no preparar a los jóvenes para su inserción
oportuna y suficiente en la producción. La noción de que el trabajo es un deber
se desvanece en el espíritu de las nuevas generaciones, ante la comprobación de que
los principios dominantes en las economías desarrolladas separan el consumo y el trabajo,
privilegiando al primero y despojando al segundo de toda dimensión superior.
Los cambios en la organización del trabajo; en la incorporación de las tecnologías,
etc. han contribuido para que el foco de atención se desplace desde el concepto de calificaciones
hacia el de competencias, éstas requieren poner en juego un conjunto de saberes que permitan
resolver distintas situaciones. El concepto de competencias se sitúa a mitad de camino entre
los saberes y las habilidades concretas; la competencia es inseparable de la acción, pero
exige a la vez conocimiento. Se pueden distinguir dos niveles de competencias: a) las competencias
de empleabilidad, o sea aquellas competencias necesarias para obtener un trabajo de calidad y para
poder reciclarse siguiendo los cambios; b) las otras están relacionadas al uso de los recursos
(tales como trabajo, dinero, tiempo, materiales y equipos) para lograr objetivos; las competencias
interpersonales (trabajo en grupo, enseñar y aprender, liderar, negociar, atender clientes,
manejar la diversidad cultural); competencias de comunicación (identificar, adquirir y evaluar
información, comunicarla a otros); competencias sistémicas (aproximarse a la realidad
en su complejidad de relaciones y no como un conjunto de hechos aislados); competencias tecnológicas
(conocimientos y uso de distintas tecnologías).

Por ello, el esfuerzo principal de la educación secundaria debe estar en el desarrollo de
los conocimientos y habilidades básicos, en ofrecerles las competencias necesarias que los
capacite para enfrentarse a nuevos problemas y solucionarlos, en considerar que lo más importante
no es almacenar conocimientos, sino saber cómo se amplían y se utilizan y saber que
tipo de información es necesaria, dónde encontrarla y como usarla. En definitiva, la
educación debe afrontar la heterogeneidad de los escenarios económicos-sociales en
los cuales se pondrán en juego las competencias adquiridas.
La interacción entre la educación y el trabajo productivo es un signo y una necesidad
de la época actual y tiene que ser asumido por ella, porque el trabajo es la condición
misma de la existencia humana y su posibilidad concreta, pero la relación tiene que ser examinada
y establecida sin desnaturalizar la posición propia de los respectivos conceptos, involucrando
en un debate profundo a todos los sectores implicados e interesados en uno de los pilares sustanciales
de un país.

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