El tema “huella de carbono” amenaza con transformarse rápidamente en un factor
condicionante de las relaciones comerciales internacionales. No obstante, esta exigencia no trata
sólo de términos legales, sino que basado en la preferencia de los consumidores
hacia productos más amigables con el medioambiente. La implementación sería
a través de una rotulación de los productos, que permitirá a los consumidores
tomar decisiones informadas, al momento de comprar sus bienes y contratar sus servicios.
Se llama Huella de Carbono a la cuantificación de todas las emisiones de gases efecto invernadero
(GEI) que se generan durante el proceso de fabricación de un producto o la prestación
de un servicio. En ella se toma en cuenta, entre otros factores, las emisiones de las materias primas,
la energía utilizada y el posterior transporte de los productos a los mercados de destino.
Esta es la “huella” de la que toda empresa es responsable a lo largo de la cadena de
valor. Sin embargo, el consumidor también genera una huella de carbono, a través del
consumo que realiza, que podría también incluirse en la huella total del producto o
servicio.
Por ser una herramienta de gestión, la huella de carbono permite a las empresas medir su impacto
en términos de emisiones, incorporando conceptos como eficiencia energética, ciclo
de vida, cadena de valor y de abastecimiento y responsabilidad compartida. En la actualidad, se están
discutiendo normativas internacionales que permitan estandarizar las mediciones de dicho proceso,
ya que hasta el momento existen tres grandes líneas de medición: PAS-2050, GHG Protocol
y la ISO 14.064. Este compromiso de reducción se hace obligatorio a través del Protocolo
de Kioto; sin embargo, son necesarios mayores esfuerzos, por lo que aparecen con gran fuerza medidas
ambientales de carácter voluntario, que establecen restricciones a las emisiones de GEI
asociadas a productos de exportación, debido a la huella climática asociada al transporte
de los productos.
El principal caso, corresponde al Parlamento Europeo, que aprobó, en el marco del Reporte
Interino sobre Cambio Climático, el etiquetado de la huella de carbono en bienes y servicios,
entendiendo que los consumidores deben recibir mejor información respecto a la huella de carbono
de los bienes y servicios. En esta iniciativa se incluye a los productos importados.
Medidas como ésta ya se estudian en Estados Unidos, Japón, y posteriormente, se
espera que lo hagan otros mercados tales como China e India.
A nivel internacional, existen diferentes protocolos o guías que permiten realizar el cálculo
de la huella de carbono; entre los que se destacan:
GHG Protocol:
fue desarrollado por el Instituto de Recursos Mundiales y el Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo
Sustentable en conjunto con empresas y organizaciones no gubernamentales. Tiene un enfoque corporativo.
PAS 2050:2008:
elaborado por el Instituto de Normalización Británico en conjunto con empresas, universidades y
organizaciones internacionales. Tiene un enfoque de ciclo de vida de las emisiones procedentes de las
actividades relativas tanto a la producción de bienes como de servicios. Esta norma representa
una buena base para calcular la huella de carbono de productos agropecuarios ya que reconoce prácticamente
la totalidad de las posibles fuentes de emisión de gases de efecto invernadero.
Protocolo del Vino:
elaborado por distintas agencias internacionales. Tiene especificidad geográfica (USA, Nueva
Zelandia, Sudáfrica y Australia). Clasifica las emisiones de CO2 en tres niveles y el cálculo
de la Huella de Carbono está asociado a todas las actividades de la empresa.
La huella de carbono es un inventario de todas las emisiones de gases efecto invernadero, desde la
extracción de las materias primas, pasando por el procesamiento, empaque, distribución,
retail, uso del consumidor y luego desgaste del producto.
Por ejemplo en la industria del vino, envasar en botellas “ecológicas” de
menor peso es una estrategia extendida entre las viñas para reducir las emisiones ligadas
al transporte.
Yendo al caso del transporte, la vía marítima no hace un aporte relevante a la huella
de carbono de los productos y no debería ser el factor adverso para el acceso de los productos
nacionales a los mercados extranjeros. Mil kilómetros de este transporte marítimo equivalen
a un kilómetro de camión, por tanto es el transporte más eficiente que hay.
Cadenas francesas, como Casino, Carrefour y Leclerc ya ofrecen en sus góndolas una gran variedad
de productos donde la huella de carbono figura en sus etiquetas. Es una estrategia de diferenciación.
Un número creciente de consumidores prefiere productos cuya elaboración contribuya
lo menos posible al calentamiento global. Pese a que no es una norma, las exigencias aumentan. El
cálculo de la huella de carbono de una organización puede ser el primer paso para reducir
las emisiones que provoca. |